sábado, 16 de febrero de 2013

Juan Pablo II y Benedicto XVI ante la renuncia.

El Vicario del Opus Dei para México publicó un artículo en el que se abordan diferentes respuestas y enfoques sobre la renuncia de Benedicto XVI.

15 de febrero de 2013
Francisco Ugarte Corcuera // Reforma
Mucha gente se ha preguntado por qué Juan Pablo II no renunció, cuando su salud estaba tan deteriorada, y, en cambio, Benedicto XVI lo hace, cuando no ha llegado a una situación tan extrema como la de su predecesor. Pueden darse, entre otras, tres respuestas a esta pregunta, que dependen, asimismo, de tres enfoques diferentes.

En primer lugar, quienes acostumbran juzgar los acontecimientos negativamente -porque así se llama más la atención de la opinión pública, o porque ese enfoque responde a un estado interior negativo y amargo proyectado en esa dirección-, afirmarán que Juan Pablo II no fue capaz de desprenderse del cargo por afán de poder, y que a Benedicto XVI le faltó valentía para continuar con la carga que pesaba sobre sus hombros.

En segundo lugar, se presenta el enfoque maniqueo, que todo lo percibe en términos disyuntivos (bueno o malo, blanco o negro), y que no admite que situaciones análogas puedan encerrar soluciones diferentes pero positivas. En este caso, si Juan Pablo II actuó bien al no renunciar, entonces Benedicto XVI procedió incorrectamente al hacerlo; o viceversa.

Cabe, en tercer lugar, el enfoque positivo, propio de quien tiene la capacidad de descubrir los elementos favorables que pueden presentarse aun en situaciones aparentemente contrarias. Esta mentalidad -que no implica cerrar los ojos a la realidad-, responde a la capacidad de ser optimista, facultad indispensable para construir cualquier proyecto valioso. Ciertamente esto no está de moda y, dicho sea de paso, es probable que sea una de las razones culturales que dificultan el crecimiento integral de nuestro país. Pero volviendo a la pregunta planteada, esta tercera respuesta la encontramos en unas frases expresadas por el propio Benedicto XVI en la declaración de su renuncia.

“Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también, y en no menor grado, sufriendo y rezando”. Evidentemente esta afirmación no se entiende con criterios sociológicos y estadísticos, con los que se miden las realidades materiales y cuantificables. La iglesia es, ante todo, una realidad espiritual, fundada por Jesucristo para promover la santidad de los hombres, es decir, su unión con Dios y su amor al prójimo; lo cual pertenece al orden cualitativo no medible numéricamente, cuyos frutos dependen de factores espirituales, como son el sufrimiento y la oración. Desde esta perspectiva se entiende que Juan Pablo II haya optado por vivir los últimos tiempos de su pontificado abrazado a la cruz, es decir, sufriendo y rezando, porque consideró que de esa manera conseguía los frutos espirituales que correspondían a su ministerio.

Por otra parte, Benedicto XVI, consciente de que la iglesia es también una realidad que cuenta con factores humanos y organizativos, añadió en su intervención: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu”. Y con este argumento, apoyado en el derecho de la iglesia que prevé la posibilidad de la renuncia, si el Romano Pontífice lo decide libremente, Benedicto XVI declaró, ante la disminución de su vigor en los últimos meses: “he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Paradójicamente, en los dos casos, con soluciones opuestas, se descubre una coincidencia llamativa en función de dos virtudes: la humildad y la fortaleza. Juan Pablo II fue humilde al dejar en manos de Dios el fruto de su ministerio en su etapa final, apostando al valor del sufrimiento y de la oración. No le importó proyectar una imagen de ancianidad y decrepitud, contrapuesta a quien había brillado, precisamente, por su imagen atractiva de juventud, deportividad y buena presencia. Y nos proporcionó una lección admirable de lo que es sufrir con gallardía las enfermedades y el peso de la cruz, para servir de esa manera a la iglesia y a la humanidad.

Benedicto XVI, por su parte, ha tenido la fortaleza -que es valentía- para asumir una decisión difícil, que ponderó detenidamente delante de Dios, y la supo ejecutar en el momento que le pareció oportuno (por contraste con la tendencia, tan común hoy en día, de querer retener el poder a toda costa). Esta decisión incluye también una fuerte dosis de humildad, al reconocer y aceptar las propias limitaciones, con el convencimiento de que existen otros que tendrán el vigor que a él le falta, para conducir la barca de Pedro.

Ciertamente el acontecimiento se puede juzgar desde diversas perspectivas. Pero también parece claro que el enfoque positivo suele iluminar más la realidad y ser más constructivo. En este caso, hay motivos para adoptarlo.


El autor es Doctor en Filosofía y Vicario del Opus Dei para México.

jueves, 31 de enero de 2013

Recuerdos aleatorios #3


Recuerdo ir conduciendo contigo ya muy de noche, de vuelta de haber pasado un día muy ameno juntos. Habíamos ido de paseo a algún lugar nada cercano, y en silencio veníamos en el coche contemplando la obscuridad y las estrellas.

"¿Puedo tomarte de la mano?", te pregunté, dudoso.

–Sí.

Y así continuamos nuestro paseo– en silencio y tomados de la mano.

Justo cuando creí que la velada no podía terminar de forma más romántica, me dijiste:

"Sabes... no me gusta este carro que traes."

"Porqué lo dices?", repliqué, extrañado por la forma en la cual eligías romper nuestro silencio.

"Es grande," comenzaste como siempre, muy casualmente. "El otro que traías era más pequeño y, de haber querido, podría haberte frenado con un beso. Ahora me quedas muy lejos."

No supe qué decir, así que no dije nada.  Sin más, continuamos nuestro callado camino bajo las estrellas hasta tu casa.

Estoy seguro que no lo pensaste mucho antes de decirlo, así como estoy seguro de que no te diste cuenta del abismo de separación que hubo entre la simplicidad de tus palabras y la profunda huella que esa noche me dejaron.

Me doy cuenta ahora que nunca volveré a conducir un automóvil grande. No sí puedo evitarlo.

Aún me pregunto si esa noche tan obscura hubiera contado una historia distinta si tan sólo el automóvil hubiera sido un tanto más pequeño. Nunca lo sabré.

domingo, 20 de enero de 2013

Caminamos.


Caminamos porque tenemos toda la vida por delante.

Yo vengo del norte y tú del sur. Nos encontramos en medio del vacío de nuestro todo. Hemos caminado toda una vida para llegar hasta este punto.

Un día, sin dejar de caminar, se cruzaron nuestras miradas y, en ese momento, reflejado en tus ojos pude ver el largo trayecto de tu vida. Reflejado en mis ojos, viste el camino que yo he recorrido a través de todos estos años.

No conozco de amor, te soy franco, pero al verte sentí algo. Al sonreír, creo que lo sentiste tú también.

Nos pasamos por el camino, y sin decir palabra, hicimos lo único que supimos hacer y seguimos caminando. Se cruzaron nuestros caminos y así también nuestras miradas. En silencio, no hicimos más que caminar.

A veces, cuando las noches son calladas, aun creo poder escuchar tus pasos en la distancia. Ahora camino porque he dejado toda mi vida por detrás.



viernes, 18 de enero de 2013

I adore you.



Lost in a daydream of blue, I feel so free
And then it's like I fall from the sky
Everything that I see is you
And you should know
That I'm thinking about
What you said when you held my hand

Oh, I adore you

Now we are older and things disappeared somehow
And I was thinking that maybe
We'd stand a better chance if we met today
I find myself talking to sharks
On my way to an island, and still

I adore you

I was young, I was old
And we were in, we were out
I wanna see, I wanna see it all
I wanna die, I wanna die
Sweetheart, sweetheart
I thought I saw
I thought I saw a light
I see it now, I see it now

jueves, 10 de enero de 2013

Hasta que volvamos a tener rostros.


Dulzura, en este instante que nos ha tocado vivir juntos tomados de la mano, me haz hecho enormemente feliz.  Y más que sólo feliz, haz encendido mi interior con gran emoción– con una chispa de romanticismo.  Te doy gracias por dibujar en mi rostro esta sonrisa.  Es tuya.

Ayer, cuando aún era yo de piedra, platicamos con rostros velados.  Sin poderte ver a la cara, fue solo tu voz la que me atrajo.  Conversamos, y paso a paso se concretó esa atracción mutua.  Mientras no tuvimos rostros, no conocía el dolor.

Pero ya no soy de piedra como ayer fui.  Por más que quise escudarme, te abrí mi corazón y al tocarlo lo reblandeciste.  Ahora recuerdo que el corazón no solo sabe querer, sino también sabe doler.  Ahora recuerdo que el mío conoce más el dolor que la alegría… y ya lo había olvidado.  Pero ya no soy de piedra como fui ayer, y ahora mi corazón reblandecido me duele por ti.

¿Te confieso algo, dulzura?  ¿Puedo contarte algo y juras no decírselo a nadie?  Pasa que ya me han traicionado en el pasado y no sé si pueda tolerarlo de nuevo; no vayas a contar ésto que te confío, por favor:

Yo jamás me he visto soltero.  Siento que no sirvo para eso.  Siempre he creído que soy materia para un excelente novio y que estar en una relación es mi área de especialidad.  Es mi zona de confort.  "Para eso sí soy bueno," me decía a mi mismo.  El problema– y lo siento un problema aterrador– es que ya no estoy tan seguro.

Esos velos con los que nos protegimos ya no están, y ya no podemos recuperarlos.  Ahora hemos tenido rostros, y para mi sorpresa el tuyo es bellísimo.  La atracción mutua se concretó, y ya no podemos volver a ser los de antes.

Sin embargo, no logro estar tranquilo sin tenerte junto a mi.  Al irte, haz borrado la sonrisa que creí mía al conocerte.  Pero nunca lo fue… es tuya, y siempre lo fue.

Y lo peor es que también te haz llevado mi zona de confort.  O si no te la llevaste, me haz hecho extraviarla.  No sé dónde ha quedado, y junto con eso ya tampoco sé más qué es lo que quiero para mi.  Para nosotros.  Ahora me invade la duda y no sé más si me veo o no soltero.  El hecho es de que me acostumbré tanto a estar solo que ya no sé cómo volver a sentirme bien junto a alguien.  Y eso es culpa mía.

Ahora me encuentro entre la espada que yo afilé y la pared que yo construí.  Ahora no tengo a dónde ir, y siento que la culpa es toda mía.  Yo me lo he buscado, perdóname.

Voy a serte franco, dulzura, ya que estamos en confianza: me da miedo quererte.  Mucho.  Cuando te abrí mi corazón, desarrollé sentimientos para las cuales no estaba listo y que aún ahora guardo por ti.  Si te abro más la puerta, siento que el diluvio completo de emociones entrará y ahogará por completo mi corazón.  No sé si pudiera tolerarlo.  No sé si sea prudente seguir en este torrente porqué sé que puede sobrellevarme y terminar por ahogarme.  Lo sé.

Mi problema es que, como dije, ya es tarde para dar marcha atrás puesto que aún ahora guardo sentimientos por ti.  No quiero soltar tu mano y no quiero que tú sueltes la mía.  Temo que este barco se hunde y yo no puedo hacer otra cosa más que seguir tocando mi violín hasta el final.

Tengo mucho miedo y no sé qué hacer.  Quiero dar un paso atrás, pero ya quemé el puente detrás de mi.  Quiero dar un paso hacia adelante pero el camino se ve tan obscuro que no logro ver nada frente a nosotros.

Perdóname, todo ésto es culpa mía.  Te di mi sonrisa y ahora te la haz llevado.  Estoy aqui parado, tengo mucho miedo y por mi vida que no sé qué hacer.  Dime qué hacer.


En este instante que vivimos juntos, me haz hecho enormemente feliz.  Me tomaste de la mano, nos quitamos el velo de la cara y fue bellísimo.  Pero ahora no son los velos sino la distancia la que no me deja ver tu rostro.  Solo se me ocurre decirte que te extrañaré cada día que pase… hasta que volvamos a tener rostros.