lunes, 8 de abril de 2013

Aún huele a humo.


Our love is like a hot summer day, where you're miserable and you don't wanna go out but you still sweat even while inside. You can't think straight, you don't wanna move or do anything, you're cranky all the time, but still you know that on those cold winter days all you can do is wish it was summer again.  That's what our love is like.

Saliste de mi vida. Desapareciste como el humo, pero así como el humo, aunque no puedo verte, sé que sigues en el aire. Puedo olerte y te puedo sentir en mis pulmones con cada respiración. Te fuiste, aunque francamente no sé si en verdad alguna vez estuviste. Te fuiste– porque creer que sí estuviste es lo único que puedo hacer– pero tan sólo físicamente. En los demás sentidos sigues aquí, y para bien o para mal, esa parte de ti quizás nunca se marche.  Esa parte que en verdad cuenta.  La que llevo conmigo a donde vaya y de la que quizás nunca podré deshacerme.  

I may have been miserable and I might not have been thinking straight, but now it smells like smoke and it reminds me of how much I wish it was summer again.  If only for a day.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Jóvenes.


En el verano del 2004 yo vivía en los suburbios con mis padres. Estaba por graduarme del bachillerato y, como era natural, todos los chicos en mi salón estaban enviando sus solicitudes para los colegios. Mi amigo Santiago había decidido tomarse un año sabático.

"Vámonos de aqui," me dijo. "Acompáñame, que no seremos jóvenes siempre. Podemos irnos a Asia un año y volvernos monjes budistas. Besaremos a media docena de chicas tailandesas cuando no estemos mendigando comida– que admito será la mayor parte del tiempo. ¡Será genial! Anda, si nos apresuramos incluso podemos volver a tiempo para tu primer período. ¿O acaso ya eres hombre?  ¡Vamos!" Su lógica me parecía irrefutable y su plan sonaba extrañamente plausible, así que accedí.

Lo que Santiago omitió decirme es que en realidad no se había tomado un sabático. Había enviado dos solicitudes para entrar al colegio. Resultaría ser aceptado a ambos, cosa que hasta la fecha insiste jamás creyó sucedería.

Sobra decir que no nos fuimos a Asia. Escuché que Santiago tiene un doctorado en geología, y yo aun vivo en los suburbios con mis padres. Supongo que tenía razón: ya no somos unos jóvenes. Y sospecho que jamás besaré a una chica tailandesa.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Azul de "no me olvides".


Cuando yo sentí de cerca tu mirar
De color de cielo, de color de mar
Mi paisaje triste se vistió de azul
Con ese azul que tienes tú.

Era un "no me olvides" convertido en Flor
Era un día nublado que olvidara el sol.

Azul, como una ojera de mujer
Como un listón azul
Azul de amanecer.



jueves, 28 de febrero de 2013

Sputnik, mi amor.


"Cada vez que Sumire y yo nos encontrabamos juntos, éramos capaces de hablar por horas y horas sin cansarnos. Los argumentos no se agotaban nunca. Discutíamos de todo con más pasión e intimidad que cualquier pareja de enamorados: de novelas, de paisajes, de palabras, del mundo. Con ella logré olvidar temporalmente el constante fondo de soledad que me acompañó desde siempre. Los confines de mi mundo se dilataron y pude respirar más profundamente."

jueves, 21 de febrero de 2013

You don't know this, but you and I are in love.


You asked me, and you want me to say it, but I'm sorry:  I cannot explain what I feel for you. Yes, I know I like you, but I can't just say that outright because it makes me out to be a child. Besides, "like" is such a bland word that conveys a feeling which bears no real weight.


But, in truth, it's the alternative that I find downright terrifying. The alternative scares me.  The other "L" word which I dare not write down lest the mere idea of my feeling it for you might make you run in fright. No, I could never tell say I "love" you... I refuse to say it, regardless of how much every living fiber of my body wants to scream it from the highest rooftop of this cold city.

"Love". What does the word even mean, anymore? Does it mean that at every waking moment of my sad little life I think of you, hoping and wishing and dreaming that you would look at me– if for an instant, at least– the way I cannot help but look at you? Is that love? Is it hurting–and I mean physically, bodily hurting– from the thought of your absence, and now, your absolute disregard for my very existence? Is that the emotion you call "love"?

Tell me, for if it is, I assure you I want no part in it. I did not want it when first it came and I do not want it now. Take it, along with everything else that you have taken from me already.

No, I will not tell you what I feel, because tonight I cannot even bring myself to say that I like you, although I know I do.

You asked me, and you want me to say it… well here's your answer: I would die for another moment by your side. Tonight there is no like and there is no love, there is only you and me. Tonight, my love, you're in my soul.

sábado, 16 de febrero de 2013

Juan Pablo II y Benedicto XVI ante la renuncia.

El Vicario del Opus Dei para México publicó un artículo en el que se abordan diferentes respuestas y enfoques sobre la renuncia de Benedicto XVI.

15 de febrero de 2013
Francisco Ugarte Corcuera // Reforma
Mucha gente se ha preguntado por qué Juan Pablo II no renunció, cuando su salud estaba tan deteriorada, y, en cambio, Benedicto XVI lo hace, cuando no ha llegado a una situación tan extrema como la de su predecesor. Pueden darse, entre otras, tres respuestas a esta pregunta, que dependen, asimismo, de tres enfoques diferentes.

En primer lugar, quienes acostumbran juzgar los acontecimientos negativamente -porque así se llama más la atención de la opinión pública, o porque ese enfoque responde a un estado interior negativo y amargo proyectado en esa dirección-, afirmarán que Juan Pablo II no fue capaz de desprenderse del cargo por afán de poder, y que a Benedicto XVI le faltó valentía para continuar con la carga que pesaba sobre sus hombros.

En segundo lugar, se presenta el enfoque maniqueo, que todo lo percibe en términos disyuntivos (bueno o malo, blanco o negro), y que no admite que situaciones análogas puedan encerrar soluciones diferentes pero positivas. En este caso, si Juan Pablo II actuó bien al no renunciar, entonces Benedicto XVI procedió incorrectamente al hacerlo; o viceversa.

Cabe, en tercer lugar, el enfoque positivo, propio de quien tiene la capacidad de descubrir los elementos favorables que pueden presentarse aun en situaciones aparentemente contrarias. Esta mentalidad -que no implica cerrar los ojos a la realidad-, responde a la capacidad de ser optimista, facultad indispensable para construir cualquier proyecto valioso. Ciertamente esto no está de moda y, dicho sea de paso, es probable que sea una de las razones culturales que dificultan el crecimiento integral de nuestro país. Pero volviendo a la pregunta planteada, esta tercera respuesta la encontramos en unas frases expresadas por el propio Benedicto XVI en la declaración de su renuncia.

“Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también, y en no menor grado, sufriendo y rezando”. Evidentemente esta afirmación no se entiende con criterios sociológicos y estadísticos, con los que se miden las realidades materiales y cuantificables. La iglesia es, ante todo, una realidad espiritual, fundada por Jesucristo para promover la santidad de los hombres, es decir, su unión con Dios y su amor al prójimo; lo cual pertenece al orden cualitativo no medible numéricamente, cuyos frutos dependen de factores espirituales, como son el sufrimiento y la oración. Desde esta perspectiva se entiende que Juan Pablo II haya optado por vivir los últimos tiempos de su pontificado abrazado a la cruz, es decir, sufriendo y rezando, porque consideró que de esa manera conseguía los frutos espirituales que correspondían a su ministerio.

Por otra parte, Benedicto XVI, consciente de que la iglesia es también una realidad que cuenta con factores humanos y organizativos, añadió en su intervención: “en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu”. Y con este argumento, apoyado en el derecho de la iglesia que prevé la posibilidad de la renuncia, si el Romano Pontífice lo decide libremente, Benedicto XVI declaró, ante la disminución de su vigor en los últimos meses: “he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Paradójicamente, en los dos casos, con soluciones opuestas, se descubre una coincidencia llamativa en función de dos virtudes: la humildad y la fortaleza. Juan Pablo II fue humilde al dejar en manos de Dios el fruto de su ministerio en su etapa final, apostando al valor del sufrimiento y de la oración. No le importó proyectar una imagen de ancianidad y decrepitud, contrapuesta a quien había brillado, precisamente, por su imagen atractiva de juventud, deportividad y buena presencia. Y nos proporcionó una lección admirable de lo que es sufrir con gallardía las enfermedades y el peso de la cruz, para servir de esa manera a la iglesia y a la humanidad.

Benedicto XVI, por su parte, ha tenido la fortaleza -que es valentía- para asumir una decisión difícil, que ponderó detenidamente delante de Dios, y la supo ejecutar en el momento que le pareció oportuno (por contraste con la tendencia, tan común hoy en día, de querer retener el poder a toda costa). Esta decisión incluye también una fuerte dosis de humildad, al reconocer y aceptar las propias limitaciones, con el convencimiento de que existen otros que tendrán el vigor que a él le falta, para conducir la barca de Pedro.

Ciertamente el acontecimiento se puede juzgar desde diversas perspectivas. Pero también parece claro que el enfoque positivo suele iluminar más la realidad y ser más constructivo. En este caso, hay motivos para adoptarlo.


El autor es Doctor en Filosofía y Vicario del Opus Dei para México.