En el verano del 2004 yo vivía en los suburbios con mis padres. Estaba por graduarme del bachillerato y, como era natural, todos los chicos en mi salón estaban enviando sus solicitudes para los colegios. Mi amigo Santiago había decidido tomarse un año sabático.
"Vámonos de aqui," me dijo. "Acompáñame, que no seremos jóvenes siempre. Podemos irnos a Asia un año y volvernos monjes budistas. Besaremos a media docena de chicas tailandesas cuando no estemos mendigando comida– que admito será la mayor parte del tiempo. ¡Será genial! Anda, si nos apresuramos incluso podemos volver a tiempo para tu primer período. ¿O acaso ya eres hombre? ¡Vamos!" Su lógica me parecía irrefutable y su plan sonaba extrañamente plausible, así que accedí.
Lo que Santiago omitió decirme es que en realidad no se había tomado un sabático. Había enviado dos solicitudes para entrar al colegio. Resultaría ser aceptado a ambos, cosa que hasta la fecha insiste jamás creyó sucedería.
Sobra decir que no nos fuimos a Asia. Escuché que Santiago tiene un doctorado en geología, y yo aun vivo en los suburbios con mis padres. Supongo que tenía razón: ya no somos unos jóvenes. Y sospecho que jamás besaré a una chica tailandesa.