Tú y yo nunca ardimos como esas parejas que ves en las películas. Nunca explotamos ni tuvimos fuertes riñas. Nunca discutimos fúricamente, obligando a los vecinos a alertar a las autoridades sobre los gritos de los inquilinos de al lado. Jamás tomé aquella lámpara que estaba sobre la mesa para aventarla contra la pared, ni levanté la silla del comedor para arrojarla hacia al otro lado del cuarto. Nunca me abofeteaste gritándome nombres que de inmediato desearías no haber pronunciado. Nunca me lloró, insultándome para luego rogarme que no me fuera de su lado. Así como nunca me pidió entre lágrimas que me quedara, yo nunca le pedí nada a ella. Nunca peleamos, ni gritamos, ni lloramos.
Es verdad que en nuestra historia jamás sucedieron ninguna de estas cosas. Nuestra historia de final poco memorable nunca concluyó, sino que, como un libro al que le arrancas los últimos capítulos, sencillamente dejó de progresar.
Lo nuestro se fue enfriando poco a poco hasta que murió de soledad. Murió de soledad y de frío. Tú y yo terminamos tan inesperada y calladamente como comenzamos, sin estruendosas señales. Es cierto que fue real, fue bonito, y fue brevísimo. Pero también es cierto que, tras irse apagando lento, un día simplemente se durmió, y despertó muerto.
En su tiempo jamás me percaté, pero hoy al mirar hacia atrás te admito que tanto tú como el cariño que compartimos y tu mismísimo recuerdo simplemente parecen ya no estar ahí.