domingo, 27 de mayo de 2012

Gente de verano.


Estoy sólo.

Puedo pasar meses sin notar a nadie– sin realmente notarlos en ninguna forma en la que cuente.  Todos pasan frente a mi y nadie deja ningún tipo de huella.  Pero, ocasionalmente– y casi siempre es en tiempo de calor– llega alguien que me hace sonreir.  Son amores de verano.

Los amores de verano no se sienten reales.  Vienen, hacen contigo lo que tienen que hacer, y luego se van.  Creo que no significan mucho para ninguno de los partidos, pero hay cierta magia en el verano que facilita el amor aunque a su vez le quita gran profundidad.  Son como brillante pirotecnia que quema demasiado rápido.

¿Será que tú fuiste un simple amor de verano que me descongeló por dentro?  ¿Será que no conocía esa cálida caricia, que un simple rose fue suficiente para marcarme como lo hiciste?

Es triste darme cuenta que todos mis amores han sido de verano.  Vivo buscando un amor de invierno, pero solo queda la gente de verano.

¿A dónde se va la gente de invierno cuando hace calor?

Me pongo a pensar que talvez el problema soy yo.  Quizás yo soy de verano.  Quizás no son ellos los que son la gente pasajera.  Talvez el pasajero soy yo.

Quizás.

Pero, si soy de verano, y de verano es el único amor que puedo ofrecer, ¿entonces qué?  Jamás conoceré el invierno?  Estaré destinado a vivir toda la vida en verano, con sus placeres efímeros y falso calor que no calienta más allá de la piel?  Destinado a una perenne sed de contacto ajeno, a desconocer el verdadero calor que solo el invierno provee?  Seré siempre solo un amor de verano para toda aquella gente de invierno?

Talvez el pasajero soy yo.  Pasajero sí, pero nunca en el tren de tu amor.  Nunca me verás en el invierno de tu vida.

Estoy sólo en este verano que nunca termina.  Solo, y con frío.