Te escribo hoy para hacerte una confesión: debo admitirte que te deseo mal, pero no porque no te quiera, sino todo lo contrario.
Te deseo que tengas grandes tropiezos, porque es solo al tropezar que uno puede aprender a levantarse. Solamente es al tropezar una y otra vez que logras aprender que ciertamente es aquel que persevera que finalmente logra alcanzar. Te deseo que tropieces y que, por lo menos una vez, caigas. Incluso si es necesario, que caigas hondo. Equivócate, pues aquella persona que no comete errores no acomete nada.
Sí, te deseo que te equivoques y caigas, puesto que son las adversidades las que dan matiz a la vida, dándole el sabor a lo dulce y la belleza al bienestar. Solamente ante la adversidad lograrás averiguar qué tipo de persona eres y qué tipo de fibra te compone. Solo así sabrás si puedes ser de acero cuando la situación lo amerita, o si siempre serás de algodón y cristal.
Finalmente, te deseo que te rompan el corazón, porque es solamente cuando haz tenido una gran decepción amorosa que puedes entender que la confianza y el amor son regalos valiosos que no se le dan a cualquiera. Entenderás con ésto que hay gente en el mundo que jugará con tus sentimientos, y aprenderás a juzgar el caracter de las personas y evitar a aquella gente malintencionada.
Hoy te admito que verdaderamente sí te deseo ese mal. Te deseo mal porque quiero lo mejor para ti. Te deseo mal porque es solo al cometer errores que podemos lograr enmendarlos– porque solo así podemos madurar.
Verás, te deseo mal precisamente porque te deseo bien. Porque te quiero.
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