Recuerdo una tarde de aburrimiento, estando sentado en mi cama conectado a redes sociales. Era un fin de semana. No había nada que hacer y parecía que no saldría.
En eso, te conectaste. Mi corazón latió un poco más rápido. Te saludé.
"¿Qué haces?", preguntaste. "¿Vamos a comer?"
Casi no lo podía creer. Habíamos salido a solas a penas un par de veces, y la idea de que tú quisieras verme esa tarde tan aburrida me emocionó enormemente. Esbozaba ya una sonrisa gigante.
"Sí," respondí, "¿a qué hora?"
–Ahorita.
"Está bien, solo déjame ducharme rápidamente y paso por ti."
Silencio.
"¿Está bien si me baño? Me apuraré", insistí, mientras me arrancaba la ropa tan rápido como podía.
Un momento más de silencio, seguido de…
"No, mejor no. Creí que estabas listo." Y sin más ni más, se desconectó.
No regresó.
Lentamente me volví a poner la ropa, y volví a mi cama, aun tratando de hallar sentido en lo que acababa de suceder.
No lloré esa tarde. Estoy casi seguro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario