Por primera vez escribo desde mi pequeño lugar de martirio-- la toco. La famosa leibor. ¿Qué tenemos? Hay cuatro gorditas: una primigesta de 16 años con 8cms de dilatación, gritona como todas, pancherísima la pobre, rogando que la ayuden y jurando que ya no puede y ya no aguanta. Típico. También una multigesta, calladita como todas, traicionera por supuesto. Muy a la sorda dilatando y borrando y descendiendo y cuando menos lo esperemos—zaz! Hahah. Baby! Y finalmente, una secundigesta, y una doña que se le rompió la fuente demasiado pronto.
En fin, también esta un interno pediatra que ronca como loco en la cama 4, un ginecólogo déspota en la 5, una enfermera echada leyendo una tvnotas en la 6, mi colega y amiga interna cachabebes en la 3... y su servidor, en la cama number one. La labor aburre, es un tedio asqueroso... tiene sus rachas, de repente comienzan a parir las doñitas y los médicos comienzan a pasar muchas cesáreas, y ahí viene la acción, y apesta. Luego al rato se calma todo, y no hay ni un parto, ni una cesárea, sólo gorditas panzonas quejandose, enfermeras chismeando en un rincón, y sólo eso. Y apesta.
Estar en la labor te da oportunidad de pensar muchas cosas. Pienso. En esto y aquello, poquito de aquí, mucho de allá. Dejo de pensar. Comienzo a imaginar... mucho de ésto, algo de aquello. Pensar e imaginar son dos vicios mios que no puedo lograr quiterme... o quererme quitar. Pero sí, vicios porque nunca me han llevado a ningun lado bueno... quizá sólo no lo sé hacer bien, no sé. Lo que sí sé es que vivir recluido en mi mente, experimentando y viviendo mis ideas y sentimientos de forma tan real como la realidad misma, es algo así como mi especialidad. Nada cool, I know, pero si no lo hago yo, ¿quién lo hará por mi?
Les contaré un cuento, ya que la primi no me deja escuchar mis pensamientos:
Érase una vez, en una tarde en lo absoluto distinta a la de hoy...
[disculpen las molestias, pero la primi va a parir, so... CONTINUARÁ!]
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