Eran apenas como las 5 de la tarde. Pedimos un tarro enorme, y eso era suficiente para mi. Pero tú insistías en que pidiéramos más.
Pedimos otro tarro enorme y lo bebimos. Era ahora más que suficiente para mi, pero insistías. Tuviste que convencerme antes de pedir el tercero. En retrospectiva, queda claro que querías embriagarme.
Con tres litros de cerveza, sin duda lo conseguiste.
Salimos de ese lugar pasadas de la media noche. Apenas entramos a tu coche y comenzaste a besarme. No sé con certeza si sería el alcohol o tu súbita e inesperada muestra de afecto, pero todo parecía como un sueño. Nada parecía real.
Te pedí amablemente que me llevaras a mi casa.
Afuera de mi casa, aún en tu coche, seguiste besándome. Ahora encima de mi, me parecía claro que querías llegar a más. Nunca llegamos a más.
"Te quiero, sabes?", me dijiste, de la forma más casual.
–No, no lo sé.
"Pues sí— te quiero. Ven estas vacaciones conmigo a casa. Consigue tu boleto de avión y yo puedo alojarte. Será perfecto."
Sin más, concluyó la velada.
No pude evitar pensar que ahora sí correspondías mi cariño. Ahora sí estaríamos juntos.
El siguiente día, con la resaca más grande de mi vida, fui a trabajar. Por la tarde te vi y me negaste un beso. No tocamos el tema de la noche anterior.
Pasaron un par de días más y te invité a comer. Tocamos el tema.
"Ni sé cómo llegué a casa esa noche," comentabas entre risas, "¡no recuerdo nada de lo que sucedió!"
Incrédulo, comencé a refrescar tu memoria.
"¿Tuvimos relaciones?", me preguntaste.
Concluí que, o realmente no recordabas nada, o estabas completamente comprometida a tu mentira. Sospecho lo segundo, pero igual lo dejé por la paz.
Aún hasta hoy todo parece haber sido un sueño. A veces siento que nada fue real… y seguramente para ti nunca lo fue.
Recordando esa noche, entre besos vacíos y palabras falsas, a veces aún puedo escucharte profesármelo al oído:
"Te quiero, sabes?"

